Why Republicans celebrate an unpopular Tax Reform?

 

Republican Party is taking a big win. They have good reasons to celebrate, though some experts think that the Tax Cut and Jobs Act will be bad and unpopular.

The timing matters in politics, and Republicans chose a perfect moment to approve the tax reform, thinking in the near future. They were in need of a big win, and they  will harvest on this one in November 2018, no matter what the opposition is predicting now.

The new Tax system will favor the richest and big corporations as liberals denounce, and it is not going to permeate to the mid class as conservatives predict. But the immediate effect of the reform will be slightly positive for middles class, and it is going to impact the decition of the people in the next mid-term elections in 2018.

Democratic leaders think that voters will punish the Republican Party in November. They are spreading the message that the Tax Reform favors millionaires like Donald Trump, and so far they have been successful. About 60% of Americans are against the tax reform today, but that trend can change very fast.

As soon as in January, most of the workers will see more money in their salary, because they will be paying fewer taxes. The economy will remain growing -in part because of the stability that Trump inherited from Obama´s administration, though he has successfully taken the credit for himself-, Wall Street will keep growing and Republicans will boast about. It is going to be hard for Democrats to convince voters that the little extra money they have in their pockets and the economy numbers are bad for the people.

Yes, the new Tax Code will have a negative impact for people and economy in the future, but if Republicans are smart enough –and they are- they are going to be able to hide it before the mid-term elections.

The tax deduction will endure forever for richest, and mid class will see how their benefits will be decreasing from 2019 on, to finish paying more that today in 2026. But that is a long time to go in politics. In November 2018 most of the people will have a few cents more in their wallets and it is going to be hard to convince them that the future may not be as brilliant as it is going to look at that time.

The Tax Reform will add more than a trillion dollars to the debt, but those numbers won’t be ready to analyze until early 2019. The only curve of the debt visible next year is going to be the debt of 2017, and that one belongs to Obama, no matter it was expended by Trump.

Another cost of the Tax Reform that poor people is going to pay is the reduction of welfare. The deficit in the budget is going to be softened by cutting funds in the social assistance programs. A few Republicans recognized it already.

Medicaid, Medicare, Unemployment, education programs, housing programs, etc will be affected in future budgets. That is the real challenge of the Republican Party, but they can delay the cuts a few months, so they can reach November without giving bad news to the voters.

Delaying the cuts is going to be catastrophic for the future, but Democrats are not going to be the ones asking  for cuts in welfare to protect the national debt. At the end of the road, when we realize the damage, Republicans will be dominating the hill for at least two more years.

The Tax reform also hits Obamacare. By eliminating the “mandate” –a fine that tax payers without insurance had to pay- the government misses part of the money needed to compensate private insurance companies, which will cause more increases in premiums.

Insurance companies had already informed new premiums for 2018 and they will receive the subsidy from the mandate in 2018, so only at the end of next year they will be able to budget premiums of 2019 without the mandate. That is a win-win for Republicans. If insurance companies announce increase of premiums after the elections, everything will remain the same, if the announcement is done before, they will blame Obamacare and will have another argument to push the repeal, if they have not done it before.

For all this reasons Republicans are celebrating and pledging Donald Trump. Democrats think people will punish Republicans, but that can be another political mistake, like the one in 2016.

 

¿Por qué los republicanos celebran una reforma de impuestos que parece impopular?

El partido republicano se acaba de apuntar un gran éxito a corto y a mediano plazo. Su gran celebración tiene justificación, aunque hay quienes opinan que el Tax Cut and Jobs Act será su perdición.

En política los tiempos importan, y el momento de la aprobación de esta reforma es perfecto para la actualidad y las aspiraciones de los republicanos. Necesitados de un gran triunfo antes de terminar el 2017, se han anotado uno enorme y los réditos los podrán recoger en Noviembre del 2018, a pesar de las predicciones negativas del otro lado del espectro político.

El nuevo sistema impositivo favorece principalmente a los grandes capitales y corporaciones, y es más que dudoso que ese beneficio permee hacia abajo, como anticipan los conservadores. Pero el efecto inmediato de la reforma impactará de forma positiva –moderada, pero positiva- a la clase media y trabajadora y esto favorecerá al partido Republicano en las elecciones de medio término de 2018.

El partido Demócrata está apostando a que los electores castiguen a los republicanos en noviembre de 2018 con el mensaje de que la reforma favorece a los millonarios como Trump y hasta ahora han sido efectivos. Alrededor del 60% de los estadounidenses desaprueban la reforma, pero esto puede cambiar muy rápidamente.

Tan pronto como en el segundo cuarto de 2018, los trabajadores verán que su cheque salarial tiene unos cuantos dólares más gracias a un recorte en los impuestos. La economía seguirá boyante, en gran parte debido  a la estabilidad alcanzada durante el gobierno de Obama -aunque la administración de Trump ha sido inteligente en atribuirse todos los méritos para sí misma- y los beneficios empresariales seguirán creciendo.  Todo esto será bien explotado por los republicanos y difícilmente rebatible para los demócratas, porque los efectos serán tangibles.

El nuevo sistema tributario tendrá un impacto negativo a futuro para la economía y los trabajadores, pero si los republicanos son hábiles, esto no se sentirá en la calle antes de las elecciones de medio término.

Los recortes impositivos son de por vida para quienes más dinero ganan –el 1% de la población. Para la clase media se irán reduciendo a partir de 2019 y terminarán pagando más de lo que pagan hoy en día a partir del 2026, pero hasta entonces mucha agua habrá corrido. Por lo pronto, en noviembre de 2018 la gran mayoría tendrá unos pocos centavos más y será difícil convencerlos de lo contrario.

La reforma de impuestos agregará más de un trillón de dólares a la deuda pública, pero eso tampoco se notará en 2018. De hecho, el único aumento de la deuda reconocible dentro de un año será el del 2017 y esa cifra se le atribuye al presupuesto de Barack Obama. Así funciona la política, los números malos cuentan para quien ya no está y los buenos para el recién llegado.

Otro costo de la reforma que tendrán que pagar los menos pudientes serán las reducciones a las ayudas sociales. Con el enorme déficit en presupuesto que se avecina, los recortes a programas de asistencia serán inevitables. Los representantes republicanos más sinceros lo han dejado entrever ya, aunque tratan de esquivar la realidad. El Medicare, Medicaid, Seguro Social, las inversiones en educación, asistencia de vivienda, etc., se verán afectadas inmediatamente.

Este es el auténtico reto del partido Republicano en estos momentos de cara a las elecciones. Sin embargo, la solución está en sus manos; solo necesitan demorar los recortes de los programas de welfare unos pocos meses para llegar a noviembre sin haber golpeado al elector. Este ejercicio será demoledor para las finanzas nacionales, pero no serán lo representantes demócratas quienes los detengan y pidan sacrificios a los trabajadores para proteger la deuda nacional. Cuando sepamos cuál es el daño real que se le haya causado a las finanzas del Estado, ya los republicanos tendrán asegurada la mayoría parlamentaria por al menos dos años más.

El otro gran golpe de la reforma de impuestos es el que se le da al Obamacare. La eliminación del mandato, que consistía en una multa que debían pagar en los impuestos quienes no tienen un seguro de salud, elimina gran parte de los fondos de subsidio del sistema para poder pagar a las compañías aseguradoras privadas. Sin este dinero, los aseguradores se verán obligados a subir las tarifas o a salirse del mercado del Obamacare. Este impacto tampoco se sentirá de inmediato. Ya las compañías de seguros estimaron y avanzaron sus primas para el 2018, y durante el próximo año seguirán recibiendo el mismo subsidio del Estado. Será a finales de 2018 cuando anuncien las primas del 2019. Si lo hacen después de las elecciones los ciudadanos no sabrán aún lo que se les viene encima; si estiman sus tarifas antes de noviembre, el gobierno lo usará para respaldar sus ataques contra el Obamacare y convertirá una mala noticia en un triunfo político.

Por eso, los republicanos celebran y elogian casi de forma servil al presidente Donald Trump. Los Demócratas que piensan que la gente castigará a los republicanos en noviembre cometerán otro error político al subestimar al rival, como lo hicieron en el 2016.

 

Guillermo Rigondeaux fue la sombra de sí mismo ante Lomachenko. ¿Por qué?

Vasyl Lomachenko demostró que no importa el rival que tenga delante, él está hecho de una madera diferente y puede convertirse con el paso de los años en una leyenda del boxeo.

No es su pelea contra Guillermo Rigondeaux la mejor para medir sus capacidades, pues el cubano fue una mueca de boxeador y no el púgil veloz, inteligente y poderoso que todos esperábamos. No fue, ni siquiera, el que muchos criticaban por aburrido, a pesar de su medida eficacia ganadora.

Pero independientemente de lo que ofrezca el oponente, Lomachenko ha sorteado cuanto rival se ha puesto en su camino, con excepción de Orlando Salido, que apeló a corazón y experiencia para ganarle en su segunda pelea. El ucraniano ha dejado en el camino a nombres respetables del boxeo como Gary Rusell Jr., Gamalier Rodríguez, Román Martínez, Nicholas Walters, Jason Sosa y Miguel Marriaga. A todos los ha hecho ver como rivales menores.

Pero de Lomachenko ya se hablará mucho en el futuro. Ahora toca hablar de Guillermo RIgondeaux, porque será difícil hacerlo más adelante. Esta derrota, por forma y fondo, puede ser su última oportunidad perdida. Sin un título que defender y con el crédito agotado le va a ser cuesta arriba encontrar rivales que revivan su carrera.

Pero, ¿qué le pasó a Guillermo Rigondeaux?

La explicación que encuentro me llega atando cabos, pero no en base a pruebas contundentes, por lo que no deja de ser una opinión personal.

Empecemos aclarando que no hay excusas para le derrota; Lomachenko hubiese ganado esta pelea bajo cualquier circunstancia, con lesión de mano o sin ella, en 130 ó en 126 libras. Pero más allá de eso, no deja de  extrañar que Rigondeaux no tuviera contragolpe ni movilidad, que su  defensa fuesa nula por falta de piernas y cintura. Rigo careció de lo que son marcas registradas de su boxeo.

Cuando vemos el resultado del pesaje empezamos a encontrar explicaciones. Rigondeaux pesó 128.5 libras, algo extraño para un boxeador acostumbrado a hacer 122 sin problemas. En su última pelea ante Moisés Flores pesó 121.5, incluso marcó 125.5 cuando enfrentó a Drian Francisco en una pelea que tomó con apenas 4 días de aviso. Si comparamos las fotos del pesaje contra Lomachenko y las del pesaje contra Flores, podemos ver una clara diferencia corporal.

En apenas 6 meses  Rigondeaux cambio su fibra muscular por masa muscular. Contra Lomanchenko se ve a un Rigondeaux grueso y robusto, no al atleta de musculo definido al que estamos acostumbrados. Sabemos que el cubano es un boxeador disciplinado, que entrena con seriedad y entrega, y que sigue las dietas al pie de la letra, sabemos que fue incluso más riguroso para esta, así que podemos concluir que no pesó 128.5 porque estaba gordo, sino porque así fue planificado.

 

La estrategia de una pelea se pone en práctica desde el entrenamiento, y parece obvio que la idea fue engrosar a Rigondeaux para ganar poder y no dar ventajas en el peso; el problema es que para lograr eso se eliminaron las cualidades que lo hicieron un boxeador imbatible. Presumo -no puedo asegurarlo- que el entrenamiento de Rigondeaux tuvo mucho trabajo de pesas y de poder. Cuando esto ocurre en un periodo corto de tiempo, como los 3 ó 4 meses que tuvo para prepararse, el músculo se engrosa y el cuerpo pierde movilidad y rapidez, porque no tiene tiempo a adaptarse paulatinamente. Sin esos elementos Rigondeaux pierde sus principales armas.

Si analizamos la pelea y sus estadísticas lo vemos más claro.

Rigondeaux, que siempre ha sido una diana imposible para sus rivales, fue un blanco fijo contra Lomachenko. El cubano siempre maravilló por su capacidad para agacharse y balancear la cintura, esta vez solo tuvo capacidad para agacharse, nunca pudo moverse y por eso Lomachenko marcó casi todos los golpes que quiso. Hasta esta pelea, Rigondeaux solo recibía un promedio de 5.1 golpes por round (17%) y apenas 3 golpes de poder. Lomachenko le conecto 53 golpes entre el segundo y el sexto, más de 10 por asalto.

Sus contragolpes fueron telegrafiados y predecibles, carentes de la velocidad que mostraba siempre. Apenas conectó 2 golpes por round, alrededor del 7% de los lanzados, cuando su promedio de acierto era del 23%. Si bien Lomachenko esquiva mucho, nunca nadie falló tanto contra él; sus rivales suelen acertar el 17% de lo que le tiran.

Rigondeaux se entregó desde el segundo round, y no creo que haya sido por la mano ni por cobardía. Hay boxeadores que han ganado campeonatos mundiales con una mano lesionada o grandes heridas durante toda la pelea, y Rigondeaux nunca ha sido un púgil de quejarse por dolor.

Su lesión me recordó al “No más” de Durán. Creo que fue una excusa de un boxeador frustrado que sabía que no era el mismo de siempre por más que lo intentase. Y no es que a Rigondeaux le hayan caído el peso de los 37 años (algunos dicen que 40) en apenas unos meses, sino que su cuerpo llegó con la preparación equivocada.

Un Rigondeaux rápido, con piernas veloces y cintura flexible habría podido contragolpear, esquivar y darle más pelea a Lomachenko. Creo que su poder natural era suficiente para poder sorprender al ucraniano, no había necesidad de hacerlo más fuerte y corpulento.

Quizás hubiese perdido igual, pero habría dejado mejores sensaciones y las puertas abiertas para nuevas peleas. Ahora su futuro luce oscuro. Quienes decían –injustamente- que sus peleas no eran atractivas porque solo sabe correr, ahora podrán agregar que solo sabe agarrar. A lo mejor alguien en 126 libras se anima a tomar el riesgo sabiendo que ya Rigondeaux no es invencible, pero parece difícil que una televisora quiera tomar el riesgo, a pesar del rotundo éxito de ESPN en esta pelea.

En una misma noche Lomachenko se quitó dos sombras de encima. Primero la de Rigondeaux a quien acabó sin atenuantes. La otra la de Orlando Salido, que perdió agotado de tantas peleas de toma y dame y anunció su retiro, eliminando la posibilidad de una revancha que LOmachenko no quería porque para él ya era parte del pasado.